El Reino Olvidado

Este diario es la crónica de un país olvidado, el seguimiento de su huella histórica, cultural y artística en España y en Europa.

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ex gente susarrorum

miércoles, marzo 01, 2006

La vida y la muerte

El cometido del matrimonio era la procreación. Ese encomiable fin sólo se satisfacía con la llegada, a ser posible, de una numerosa prole. Ese "crecer y multiplicaros" se santificaba con los bautizos.
Otro momento de alborozo para la familia y para la Iglesia, que acogía en el seno de la comunidad cristiana, un nuevo miembro. De hecho, acristianar se decía al bautismo y a las ropas que se le ponían al neonato para el momento en el que se le liberaba del Pecado Original.
Los bautizos solían celebrarse a los pocos días del nacimiento. Los padrinos, para el caso del primogénito, solían ser los mismos que los de la boda. El sacerdote recibía en la puerta de la iglesia a la familia, portando una cruz el padre del que iba a ser bautizado, y con ausencia de la madre que, por razones del puerperio, se consideraba impura hasta no haber transcurrido cuarenta días, momento en el que salía a misa, presentándose en la puerta de la iglesia donde la recibía el cura.
En el momento crucial del sacramento, se rociaba la cabeza con agua bendita y se introducía una pizca de sal en la boca de la criatura, ante la ¡luminaria de una vela que sostenía uno de los ahijadores, y con las manos del padrino y madrina sobre sus hombros en señal de aceptación del ahijado. Después se ofrecía la criatura a la Virgen y se rezaba una Salve, si era niña, o a San José, si era niño, no faltando un responso para los familiares difuntos.
A la salida del templo, el padrino lanzaba el amurrio a la rebatiña, consistente en confites, caramelos o paciencias, que eran unos pequeños panecillos que se hacían, entre otros lugares, en las riberas del Porma y del Esla. Luego, en la festividad de las Candelas, en febrero, cuya costumbre actualmente es mantenida por las cofradías de Los Usías en la iglesia de Santa Marina de León, los padres acuden con el último hijo nacido, para ser bendecido, portando unas candelas que también se bendicen después de rezar el Rosario.
Mientras tanto, en un acto de solidaridad, la madre, seguramente postrada, recibía la visita, que se hada a los diez días del parto, aceptando chocolate, huevos, mazapán, pastas..., para superar la flaqueza y reponerse del esfuerzo.
Si la formación de la pareja y su posterior casamiento era motivo de regocijo y símbolo de vida, en el otro extremo del hilo de las Moiras, está el desgarro familiar más imponente: la muerte. Por razones culturales y de creencias, ha sido considerada una circunstancia traumática en la mentalidad y psicología afectiva de las gentes de nuestros pueblos, de la que los demás tampoco estamos liberados.
La morbosidad y afectación prácticamente comenzaba con el sonar de una esquila portada por el monaguillo, cuando el sacerdote llevaba el viático al enfermo. Las campanas, por el contrario, lo hacían cuando se daba la Extremaunción, acto final que recibía el moribundo, de cuya patética trascendencia se hacían cargo las gentes acudiendo con una vela a la casa donde sucedía semejante trance. Allí permanecían hasta que el sacerdote terminaba de administrar el sacramento con la bendición final para el que iba a morir y de la estancia donde estaba. Un derecho adquirido por todo bautizado, en el que se unía el sentimiento religioso y la solidaridad del resto de los vecinos y amigos, que acompañaban hasta el último momento, a uno de los miembros de su grupo.
La presencia del cura era imprescindible para conservar intacto el estado de gracia de la persona, puesto que ayudaba a bien morir en esos momentos en los que las ansias de la muerte consumían el último respirar del desdichado. En la cercanía, familiares y vecinos combatían la soledad del instante, implorando por el interfecto y reconfortando su tristeza con el rezo de las oraciones de la buena muerte y de los Padrenuestros que se dedicaban a las llagas de Jesucristo, para que saliese al encuentro del alma de la persona que estaba exhalando el último suspiro.
El pavor a la muerte dimana de su condición irreversible. Será un hecho natural, pero se la figuró en la mentalidad popular como un ser terrorífico al que no puede ninguna voluntad. La muerte no dejaba de ser una desgracia no asumible, sobre todo, cuando, desde el punto de vista económico, fallecía el cabeza de familia en edad laboral. La circunstancia suponía muchas veces una seria contrariedad para el mantenimiento y estabilidad económica del núcleo familiar. La muerte de la mujer implicaba el desamparo, la pérdida del referente unificador de la familia y de unos valores afectivos y educativos.
El fallecimiento se anunciaba con el toque de posa, distinto si eran niños o féminas. El cadáver era amortajado por las mujeres -la mayoría de las veces con el traje y los zapatos de la boda-, colocando en las manos una cruz o un rosario. Se depositaba en el féretro y se dejaba expuesto, jalonado por cuatro velas. En la puerta de la casa se apoyaba una pendoneta negra en señal de luto. De esta manera se iniciaba el velorio, al que acudían obligatoriamente los miembros de la cofradía a la que pertenecía el finado, algo habitual entre las gentes de nuestros pueblos. Sus hermanos cofrades se encargaban del acondicionamiento de la fosa y del acompañamiento hasta el último instante. Las mujeres de la familia se vestían de riguroso luto y los hombres se ponían corbata negra, cosiendo una banda negra y ancha en la manga de la chaqueta o un botón negro en la solapa. De esta manera recibían las visitas y asistían a los que velaban, repartiendo a lo largo de la noche aguardiente y pastas, entre rezos y comentarios que llegaban a convertirse en animadas Tertulias que fueron motivo de reprimenda eclesiástica.
El día del óbito, una vez acordada la hora de las exequias, a la puerta de la casa se decía un responso para, a continuación, llevar el féretro a hombros hasta la iglesia. Abría el cortejo una cruz y dos faroles, las pendonetas, dos niños de la familia portando sendos velones y, detrás del ataúd, el sacerdote y los familiares, amigos y vecinos. En el ofertorio de la misa, que era rezada o cantada, algunos miembros del finado ofrecían pan, vino y velas, a la vez que besaban la estola del oficiante. Acabado el oficio, se procedía al enterramiento, sucediéndose los responsos y las oraciones, con un recuerdo final para los difuntos del cementerio, mientras sonaban las campanas que se tañían a Gloria si se trataba de un menor. Al finalizar el entierro, en la casa doliente se ofrecía una comida, pensando en los familiares y amigos que habían venido de fuera, a la vez que se daba a los pobres, pan, sardinas -si las había- y vino. Al día siguiente se decía la misa de tres, en la que participaban tres sacerdotes. El domingo inmediato se celebraba el domingo del duelo, reuniéndose familiares y amigos para rezar y recordar al fallecido. Durante los siete siguientes, se llevaba a la iglesia una vela por cada uno de ellos, además de realizar una novena y encargar misas por la salvación de su alma. En la fecha del aniversario, se volvía a celebrar otra misa, además de dedicarle un recuerdo el Día de Difuntos, cuyo duelo seguía haciéndose perceptible por el riguroso luto que se mantendría a lo largo de tres años siguiente, de los cuales, el primero suponía un recatado retiro de la vida social.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

me gustó lo que leí y sobre todo las fotos que me son totalmente conocidas por ser escenas de pueblo que he vivido.

alquien me puede decir por donde pasaba el cordel de Carrasconte que se unía a La Cañada Real La Vizana? o donde puedo encontrar documentación

9:20 p. m.  
Blogger Taliesin said...

Tal vez en el libro “La Trashumancia. Cultura, cañadas y viajes” de Edilesa.

1:28 p. m.  

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