El Reino Olvidado

Este diario es la crónica de un país olvidado, el seguimiento de su huella histórica, cultural y artística en España y en Europa.

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martes, abril 25, 2006

Una muestra de leonesismo en la prensa de 1924

Diario de León, 1924
CARMELO HERNÁNDEZ

¡Gracias a Dios! Ya era hora de que se empezase a hablar, por lo menos un poco, de leonesismo, de amor a la patria chica que figura en los cuarteles del escudo de la grande, como recuerdo y ejemplo de aquellos gloriosos días en que León tuvo reyes tuvo reyes y lucros, y grandeza y poderío, porque grandes y poderosos dé espíri­tu eran sus nobles hijos;

Quien sin ser leonés venía insistentemente predicando días atrás por el fianzamiento de la gloriosa personalidad de León, en días en que las pasio­nes y los sentimientos regionalistas se agitaban y bullían en otras partes veía con pena la triste confirmación de quejum­brosas frases que muchas veces oyera a los mismos leone­ses: “Soy de León y no tengo fe en mi pueblo”. “No hay hombres”. “Aquí no puede hacerse nada”.

Por ello se regocija de esos pequeños movimientos de des­pertar observados en la Pren­sa, y más que nada por un sig­no que bien pudiera ser la her­mosa realidad del principio de una exaltación del amor regionalista, digna y grave, como compete a este pueblo de tan noble y severa estirpe, que hi­ciese retoñar en el campo de otras actividades el brioso em­puje de aquella raza de roman­cero simbolizada en el Abraham de Tarifa Guzmán el Bueno.

Me refiero al proyectado ho­menaje al insigne escritor y poeta leonés Enrique Gil y Ca­rrasco, cuya glorificación ha unido pareceres y corazones de leoneses distanciados en otros campos, con el vínculo del amor a la patria común, a la tierra leonesa.

Fervientes cantos de leonesismo se han entonado con motivo de honrar al autor de El Señor de Bembíbre, El Lago de Carucero y La Violeta.

Pero el leonesismo práctico, el verdadero leonesismo, no el de rememoraciones, parecidas a los suspiros baldíos de una vieja coqueta enseñando los atavíos y retratos de su lumi­nosa juventud pasada, ese leo­nesismo traducido en las apor­taciones de un sacrificio, mo­lestia o trabajo en pro de una obra común también ha empe­zado, halagador.

¡Gil y Carrasco! Tú, admirable cantor de glorias y bellezas leonesas, puedes ser hoy el símbolo de una unión patrió­tica leonesa de honra y prez para la tierra de tus amores.

Y ya que he hablado de unión patriótica leonesa per­mítaseme hacer ver cómo el espíritu de esas entidades ciuda­danas que se están formando con el título de uniones patrió­ticas es el mismo espíritu de unión que junta hombres dispa­res en otros órdenes en una obra patriótica común, el mis­mo espíritu que alentó en las gestas del Reino de León, el mismo que llevó a cabo la epo­peya de la Reconquista, el mis­mo que conquistó el continen­te americano, el mismo que echó, corno pudo, allende el Pirineo a Napoleón.

Hay que seguir trabajan­do en despertar y levantar el espíritu leonesista los que somos enamorados de aquel Rei­no que fue.

No se objete que a León hay que amarle tal y como ahora es. Eso es poltronería de espí­ritu.
No; la España de nuestros amores, por la que amamos a todas las regiones que la com­ponen, pues dejando de amar a una dejaríamos de querer a España, era la misma nación con Isabel la Católica, con los conquistadores de América y con los sabios de Alcalá y Sa­lamanca que la España del Noy del Sacre, de los pistoleros y de las huelgas revolucionarias. Y nadie que sea patriota querrá a su patria con atracadores, con pseudo redentores y obre­ros embrutecidos o engañados, etc., etc.

Así pasa con León a los que enamorados del León viejo (de su alma, que era lo principal) no la vemos aletear ni en sus calles tiradas a cordel, ni en sus edificios con calefacción central y ascensores, ni, mu­cho menos en sus corrillos de café o casinillo, porque falta el aliento generoso y noble, la aportación de un sacrificio a la abra común que es lo que hace y engrandece pueblos. No po­demos querer a León así.

Hablamos, principalmente, claro es, de su capital. En ella veíamos hasta hace poco un símbolo de lo que ocurre a León. Al lado de su magnífica Catedral, una ¡fuente! sin agua, pilarote tosco y sucio de ladrillo, se levantaba miserablón y ramplonzuco.

Ahí está simbolizado el León que fue y el León que es, a pe­sar de sus pujos de gran ciu­dad.
Por eso, la labor leonesista que hay que hacer podría resu­mirse en estas palabras.“León fué; no lo es; trabajemos porque vuelva a serlo, que material hay para ello”.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

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11:49 p. m.  

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