El Reino Olvidado

Este diario es la crónica de un país olvidado, el seguimiento de su huella histórica, cultural y artística en España y en Europa.

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ex gente susarrorum

miércoles, marzo 01, 2006

Religiosidad y otras creencias

En el ámbito popular, la Iglesia tuvo como estrategia, la conversión del pueblo en sujeto de sus símbolos. Esta opinión de Luis Maldonado (Religiosidad popular. Madrid, 1975) comportaba un estado de conciencia en la mentalidad de las gentes, que hacían suya una obligada ejemplaridad, al menos aparente, como seres "elegidos" -el pueblo de Dios- en la escena de la religión. Pero una cuestión era el sentimiento religioso, otra la creencia, y, una tercera, la práctica. Cierto que ambas coincidían más en las mujeres que en los hombres. Cierto que habla más sentimiento que creencia razonada, y más práctica por la fuerza de la costumbre que por una férrea convicción. Pero es que además, esa forma "trentina" de religión se hacía compatible con un mundo imaginario respecto a la propia simbología que comportaban el rito, las imágenes y los significados, El mensaje subliminal de la Contrarreforma hizo del dogma un oropel que ha prevalecido en la misma escenografía de las iglesias. Por tanto, aquella magnificencia impresionaba y convencía porque tanta elocuencia hada imposible lo demás. Al mismo tiempo, y sobre todo en los primeros años del siglo XX, aún anidaba en el fuero interno de la mentalidad popular, ciertas creencias de contenido supersticioso.
El sacerdote, como representante de la Iglesia, era una autoridad moral en la vida del pueblo. Y como vehículo de la teología, conminaba, aconsejaba, catequizaba la vida de las gentes. La forma más aconsejable parecía ser el respeto por la tradición siempre y cuando ésta no se saliese del orden establecido. Así, gran parte de las tradiciones que se han conservado en el siglo XX, están vinculadas a festividades o costumbres religiosas, porque en ellas se fundamentaron. Sirven de ejemplo las cofradías que surgieron en los siglos XVI y XVII, a saber, penitenciales, hospitalarias, procesionales, de Ánimas y religiosas(de la Virgen, del Rosario, de la Vera Cruz, de las Hijas de María, del Perpetuo Socorro, de San Roque, de San Blas, de San Antonio, de Santiago, de San Isidro Labrador...), con predominio de las últimas, que se han mantenido hasta la actualidad. Es más, esa herencia trascendió en cofradías de carácter civil, que acogían a regantes, ganaderos y agricultores, en claro trasunto de las de los artesanos. La mayoría, por otro lado, solía tener propiedades, capillas o ermitas con imágenes y pendonetas, así como su particular día de fiesta.
Las devociones, en principio, tenían más de acto íntimo que de contagio colectivo. En ellas se concitaban aspectos de tradición familiar, de ofrecimientos personales, de invocaciones, la mayoría destinados a la Virgen. Seguramente, en esta actitud voluntaria había más contenido y creencia religiosa que en los impositivos mandamientos de la Santa Madre Iglesia Católica. La labor catequística desde la primera infancia, la asociación de ciertos sucesos de la vida a los sentimientos -como en el caso de la muerte-, el cumplimiento obligado de los sacramentos y de los mandamientos de la Ley de Dios, el afectado sentido del bien y del mal, el pulular de una conciencia en torno al pecado y al "estado de gracia", saturaban el ambiente de religión, de beaterío y de un sentido de culpabilidad sólo vencible por el acatamiento.
Tal situación creaba revulsivos y válvulas de escape. La primera escapatoria quizá provenga de la propia condición psicológica del orbe rural, pues lo abstracto del dogma católico, venía bien al esquema mental, puesto que no exigía plantearse cuestión alguna. Por ello, la práctica religiosa era muchas veces más aparente que real; por ello, las gentes se tomaban sus licencias no desarrollando la verdadera religiosidad y no aceptando en el fondo y a pies juntillas, la doctrina de la Iglesia.
No puede decirse que hubiese un anticlericalismo recalcitrante, sino, quizá, resabios. Resabios por una historia de la Iglesia llena de acontecimientos no siempre positivos; resabios por el poder económico de la Iglesia en todas sus manifestaciones impositivas (diezmos, primicias, aniversarios, bulas -mediante la Bula de la Santa Cruzada se estaba exento, previo pago, de guardar vigilia de comer carne durante la Cuaresma-); resabios por la opulencia y las propiedades de catedrales, parroquias, monasterios, abadías, capillas, ermitas, obispados; resabios porque era un siempre pedir para la reconfortación espiritual -hasta los responsos había que pagarlos-; resabios por el estado confesional con que se definió la dictadura del general Franco. Así todo, había "vocaciones" y se rezaba. Se hacia por la mañana al levantarse y en la hora del Ángelus -recordado con toques de campana-; se rezaba antes de comer y, antes o después de la cena, el rosario. Las gentes se santiguaban al acostarse, al salir de casa, al pasar por delante de la iglesia, al emprender un viaje, al asustarse, al enfrentarse a una situación comprometida, al escuchar una palabra malsonante o injuriosa, al ver pasar un entierro o un "paso" de Semana Santa, y al entrar y al salir de la iglesia. Se hacía la señal de la cruz sobre el pan cuando se iniciaba la hornada, sobre la carne de la matanza antes de embutirla, sobre el agua de las fuentes cuando se sospechaba que no fuese potable. Se bendecían las casas una vez terminadas, costumbre que era repetida con agua bendita una vez al año; se bendecían los campos; se bendecía el pan de caridad que, por turno, se repartía todos los domingos entre los asistentes a misa, después de besar el portapaz; se bendecía cualquier acto sacramental, es decir, se bendecía todo. Y todo parecía un trabajar y rezar a semejanza de un monje cisterciense. Hasta en los saludos había un recordatorio para la religión: "Buenas nos dé Dios", "con Dios", "a la paz de Dios". Y no digamos expresiones: "Dios nos libre", "Santo Cielo", "por la gracia de Dios", "para servir a Dios y a usted"...Unos hábitos que se hicieron costumbre y argumento del buen comportamiento "consagrado" tantas veces con gestos diarios de convivencia, tal como salir a rezar el Rosario de la Aurora, al Santísimo, a la Novena; tal como pasar de casa en casa la capillita de la Sagrada Familia, colocar el ramo del Domingo de Ramos en las ventanas, encender la vela bendecida cuando había tormenta, intercambiar estampas de santos, colocar grabados, dibujos, pinturas... de la Sagrada Cena, del Sagrado Corazón, de la Virgen Inmaculada o de San Antonio, por las paredes de las casas. Había, para acortar espacio, un sinfín de incidencias, apariencias y representaciones que tenían más de creencia que de vivencia auténtica de la fe o de lo trascendental de la religión católica.